Probablemente me arrepienta toda la vida del último beso que no te di, como me arrepiento de tantas otras cosas que no me permití hacer en el pasado. Como una amar un poquito o como permitirte entrar al fondo de mi carne.
Hoy te dije "adiós" y me suena a definitvo. El tan alargado punto final de esta pseudo relación es hoy por fin un hecho. Y no se supone que duela de esta manera. ¿Por qué?
Siempre que me despido lo hago con la intención de no volver, siempre que me despedí de ti buscaba que fuese concluyente. No encontraba sentido en estar con alguien como tú. Un soñador con monstruos en la cabeza, perros del mal y mil voces en la garganta. Supongo que la tristeza viene adherida en las despedidas. He dicho adiós demasiadas veces en mi vida, más de la que que hubiese deseado hacer, pero en este momento no puedo parar de llorar. No quiero que se acabe. Quiero que estés ahí intermitentemente por mucho tiempo más. ¿Ya sabes a qué suena eso? Me veo a mi misma como un muñeco de trapo, dispuesto a la consideración del entorno; un títere, un juguete, y será así por el tiempo en que siga dispersa. Me faltan ganas, pasión, fuerza. Me falta valor para enfrentarme a mí misma.
No puedo ser más valiente porque serlo significa enfrentarme al hecho de que soy débil, común, que sí me enamoro... que el amor si me entra por la vagina.
Y no eres tú, estoy segura que no eres tú, es lo que representas para mi. Algo a lo que no puedo acceder, un planeta muy lejano al que únicamente puedo observar desde mi ventana.
No quiero que sea un adiós definitivo, y sin embargo no me queda otra opción. Decir adiós, aunque no lo desees, es madurar un poco. Es entender que las personas no se quedan para siempre, que unas pasan como estrellas fugaces por tu vida y te dejan la piel en llamas con la intención de que las recuerdes en la eternidad. Eso eres tú para mi. Eso fue él, el primero. No aprendo, no entiendo que en los juegos de este tipo siempre hay quién apuesta mucho más y lo pierde todo.
Empero, despedirse está bien.
Decir adiós siempre resulta ser lo correcto ya que de esta manera se permite la posibilidad de un nuevo comienzo.
domingo, 16 de diciembre de 2012
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Desequilibrio III
Estaremos juntos por siempre, mi amor.
Te he invitado esta noche a la cena, preparé ensalada pero falta el plato principal. Me has dicho que no vas a volver, que has venido solamente a recoger tus pertenencias, que no te quedas a comer. Te digo: Siéntate un rato, hablemos del ayer. Contestas que no hay nada que decir, que todo terminó. Te digo: Estarás dentro, muy dentro de mi, ¿cómo voy a vivir sin ti? Yo soy tú. Me miras y sonríes, me dices que no me amas, me dices que hay alguien más. Te digo: Quédate a la cena, aun falta el plato principal. Me gritas, te enfureces, estás desesperado, y caminas hacia la puerta. No puedes irte, estaremos juntos para siempre porque estás dentro de mi. Yo soy tú, ¿cómo podría vivir sin ti?
Estás tendido sobre el suelo, envuelto en tan bello rojo carmesí, murmuras que quieres irte, pero ¿cómo podría vivir yo sin ti si yo soy tú? Estaremos juntos para siempre, amor mío, quédate a la cena que aun falta el plato principal.
Que dulce es tu sabor, amor. Que rico es tu aroma. Que delicia es tu cuerpo.
Estaremos juntos para siempre porque yo soy tú y estarás dentro de mi.
Laura Rodríguez P.
martes, 4 de diciembre de 2012
SOLEDAD ACOMPAÑADA
Dice mi mamá que traigo la soledad adherida a los huesos, en el centro, que la exhalo por los poros. No he vivido nada, 22 años apenas ya pensando que la vida se me escapa, que me muero, me muero lento.
Pero me gusta. Soledad eterna, de mil posibilidades. No soy yo la que escoge, es ella quién me abraza con sus brazos de tiempo y no me deja ir. Y pienso: esta vez sí, esta vez no estaré sola. Pero sucede la vida, lo inevitable, lo inexplicable, y me dejo llevar lejos . Lejos. Amante codiciosa la Soledad.
Sad eyes, Crystal Castles
Pero me gusta. Soledad eterna, de mil posibilidades. No soy yo la que escoge, es ella quién me abraza con sus brazos de tiempo y no me deja ir. Y pienso: esta vez sí, esta vez no estaré sola. Pero sucede la vida, lo inevitable, lo inexplicable, y me dejo llevar lejos . Lejos. Amante codiciosa la Soledad.
Sad eyes, Crystal Castles
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Conexión de almas
A soul connection is a resonance between two people who respond to the essential beauty of each other’s individual natures, behind their facades, and who connect on this deeper level. This kind of mutual recognition provides the catalyst for a potent alchemy. It is a sacred alliance whose purpose is to help both partners discover and realize their deepest potentials. While a heart connection lets us appreciate those we love just as they are, a soul connection opens up a further dimension… seeing and loving them for who they could be, and for who we could become under their influence. This means recognizing that we both have an important part to play in helping each other become more fully who we are. A soul connection not only inspires us to expand, but also forces us to confront whatever stands in the way of that expansion.John Welwood
¿Es el amor un arte?
Si dos personas que son desconocidas la una para la otra, como lo somos todos, dejan caer de pronto la barrera que las separa, y se sienten cercanas, se sienten uno, ese momento constituye uno de los más estimulantes y excitantes de la vida. Y resulta aún más maravilloso para aquéllas personas que han vivido encerradas aisladas, sin amor. Ese milagro de súbita intimidad suele verse facilitado si se combina o inicia con la atracción sexual y su consumación. Sin embargo, tal tipo de amor es, por su misma naturaleza, poco duradero. Las dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez su carácter milagroso, hasta que su antagonismo sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por matar lo que puede quedar de la excitación inicial.Fragmento: Erich From, El arte de amar.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Poema improvisado en un día nublado
No es la promesa de tu cuerpo,
el anhelo de tu aroma,
el calor desde tu piel.
No es el baile de tu boca,
el compás de tu manos,
tu lengua envenenando.
Es la prisión de tu recuerdo,
la memoria de los días
lo que no se quiere ir.
Es la hora infinita,
el jueves eterno,
tu habitación.
Es lo que no existe en ti,
lo que añoro,
lo que amo,
lo que no es.
el anhelo de tu aroma,
el calor desde tu piel.
No es el baile de tu boca,
el compás de tu manos,
tu lengua envenenando.
Es la prisión de tu recuerdo,
la memoria de los días
lo que no se quiere ir.
Es la hora infinita,
el jueves eterno,
tu habitación.
Es lo que no existe en ti,
lo que añoro,
lo que amo,
lo que no es.
sábado, 17 de noviembre de 2012
Susurro
“El alma humana tiene que participar en su propia destrucción. De eso se trata. Esa destrucción hace al espíritu oscuro más fuerte… libre albedrío”.
Este martes 3 de agosto Elena Sosa no está sola en su habitación. Junto al único ventanal, con vista al tedioso amanecer de la ciudad, un ser luminoso de impecable traje blanco observa pensativo a la mujer que peina la espesa cabellera oscura frente al espejo de tocador. Ella es indudablemente bella, y lo sabe. Del otro lado, balanceando sus piernas sobre la cama recién arreglada, un individuo con pantalón beige y playera azul tararea Love Gun.
— Ya te dije que desaparecieras—indica el luminoso, con un toque de fastidio en su voz, mirando a su rival por el rabillo del ojo sin girar su rostro.
El demonio le dedica su más reluciente sonrisa de perfectos dientes blancos, en respuesta a su reclamo.
—Y yo te he dicho, mil veces, que eso no es posible— responde, con voz alegre y juguetona—. Tengo que terminar mi trabajo aquí.
Ambos miran a Elena con obstinada determinación
—Ella nunca lo haría, acepta que has perdido esta alma— sentencia, fijando sus ojos en el demonio con expresión vehemente—. He estado acompañándola desde que vio la primera luz en este mundo… Elena es sensata, no hay vileza en su corazón.
Elena se levanta de la silla y camina, cantando en voz baja Love Gun, hacia su ropero para elegir su atuendo: hoy se decide por el sencillo vestido azul de tirantes delgados y se calza un par de sandalias blancas, luego toma entre sus manos un fardo de pañuelo rojo que estaba oculto en el fondo de su cajonera.
—Los humanos adquieren la maldad con el paso de los años— explica el demonio, moviendo sus dedos, suavemente, al compás de la canción que canta Elena— siempre habrá un cúmulo de sentimientos turbios germinando en sus corazones— se encoge de hombros y señala con la cabeza a Elena—. Solo es cuestión de esperar un mal momento, un mal lugar o…
—Una mala palabra susurrada en su oído— interrumpe, con sarcasmo, cruzando sus brazos sobre el pecho.
—Así es— acepta, con seriedad—. Pero al final la decisión de escucharnos, o ignorarnos, siempre depende de ellos.
— ¿Libre albedrío? Ese es un término que no te corresponde utilizar— inquiere el guardián, en una burla seca.
Mientras ambos se miran con actitud retadora, Elena desenvuelve el pañuelo rojo dejando descubierta una pequeña pistola de bolsillo. Tres golpes en la puerta la sobresaltan pero enseguida se repone para responder a la llamada.
—Aquí voy— manifiesta el demonio con voz entusiasta, saltando desde el borde de la cama hasta el costado izquierdo de Elena para caminar al mismo tiempo que ella.
—Aquí vamos— corrige el guardián, mientras se incorpora en su usual lugar a la derecha.
Elena abre la puerta y le sonríe, cálidamente, al hombre que espera bajo el umbral, después se mueve para darle espacio al pasar.
Es un hombre guapo, piensa Elena, todo lo que una mujer podría desear.
—Tengo prisa—dice él, con voz arrogante, mientras camina hacia la cama parándose en el borde para desabotonarse la camisa y dándole la espalda a Elena—. Quítate la ropa.
Elena cierra la puerta, apoyándose en ella, y juguetea con la pequeña pistola que esconde detrás de su espalda… decidiendo. La invisible cortina que cubre las voces espirituales, del demonio y el guardián, se cae silenciosamente a los oídos de Elena.
—No lo hagas— suplica el guardián.
—Es la única manera— interviene el demonio, con voz firme.
—Siempre hay una alternativa— expresa, convencido—. Déjalo marchar…
Ambos caminan a cada lado de los hombros de Elena.
—Si lo dejas escapar no habrá otra oportunidad. En cambio, si haces lo que has planeado desde hace días entonces será tuyo para toda la eternidad.
—Una eternidad en el infierno, eso es lo que te espera si aprietas el gatillo.
Elena camina hacia su amante, que ahora lucha con el pestillo de su bragueta ignorante a la lucha moral que se está llevando a sus espaldas, y levanta la pistola apuntando directamente a la sien del hombre.
—Prefiero una eternidad en el infierno, que una vida sin él— murmura Elena a las voces en su cabeza.
—No lo hagas— previene el guardián, pero su voz se va haciendo mas tenue y su imagen se difumina en el aire.
—Má-ta-lo— articula, con tono complacido el demonio, mientras una sonrisa de deleite curva la comisura de sus labios y el negro se intensifica en sus ojos, el vacío.
En la habitación de Elena Sosa, a las 5:50 de la mañana se escucha un disparo que rompe el silencio matutino. Segundos después un segundo disparo despierta a los vecinos. En la habitación de Elena dos cuerpos ensangrentados yacen bajo la triunfante mirada de un demonio. Este día ha sido parte de su trabajo como recolector de almas. Por suerte siempre hay humanos condenados al infierno que lo mantienen ocupado.
El demonio cruza la puerta cuando una pareja de policías llega a la escena del crimen y se inclina hacia uno de ellos acunando su propia oreja con las manos, escuchando los pensamientos del policía más joven.
—Definitivamente es un alma fácil de corromper— le comenta al enojado ángel guardián del policía, con su sonrisa más luminosa—. Me encanta este trabajo.
Este martes 3 de agosto Elena Sosa no está sola en su habitación. Junto al único ventanal, con vista al tedioso amanecer de la ciudad, un ser luminoso de impecable traje blanco observa pensativo a la mujer que peina la espesa cabellera oscura frente al espejo de tocador. Ella es indudablemente bella, y lo sabe. Del otro lado, balanceando sus piernas sobre la cama recién arreglada, un individuo con pantalón beige y playera azul tararea Love Gun.
— Ya te dije que desaparecieras—indica el luminoso, con un toque de fastidio en su voz, mirando a su rival por el rabillo del ojo sin girar su rostro.
El demonio le dedica su más reluciente sonrisa de perfectos dientes blancos, en respuesta a su reclamo.
—Y yo te he dicho, mil veces, que eso no es posible— responde, con voz alegre y juguetona—. Tengo que terminar mi trabajo aquí.
Ambos miran a Elena con obstinada determinación
—Ella nunca lo haría, acepta que has perdido esta alma— sentencia, fijando sus ojos en el demonio con expresión vehemente—. He estado acompañándola desde que vio la primera luz en este mundo… Elena es sensata, no hay vileza en su corazón.
Elena se levanta de la silla y camina, cantando en voz baja Love Gun, hacia su ropero para elegir su atuendo: hoy se decide por el sencillo vestido azul de tirantes delgados y se calza un par de sandalias blancas, luego toma entre sus manos un fardo de pañuelo rojo que estaba oculto en el fondo de su cajonera.
—Los humanos adquieren la maldad con el paso de los años— explica el demonio, moviendo sus dedos, suavemente, al compás de la canción que canta Elena— siempre habrá un cúmulo de sentimientos turbios germinando en sus corazones— se encoge de hombros y señala con la cabeza a Elena—. Solo es cuestión de esperar un mal momento, un mal lugar o…
—Una mala palabra susurrada en su oído— interrumpe, con sarcasmo, cruzando sus brazos sobre el pecho.
—Así es— acepta, con seriedad—. Pero al final la decisión de escucharnos, o ignorarnos, siempre depende de ellos.
— ¿Libre albedrío? Ese es un término que no te corresponde utilizar— inquiere el guardián, en una burla seca.
Mientras ambos se miran con actitud retadora, Elena desenvuelve el pañuelo rojo dejando descubierta una pequeña pistola de bolsillo. Tres golpes en la puerta la sobresaltan pero enseguida se repone para responder a la llamada.
—Aquí voy— manifiesta el demonio con voz entusiasta, saltando desde el borde de la cama hasta el costado izquierdo de Elena para caminar al mismo tiempo que ella.
—Aquí vamos— corrige el guardián, mientras se incorpora en su usual lugar a la derecha.
Elena abre la puerta y le sonríe, cálidamente, al hombre que espera bajo el umbral, después se mueve para darle espacio al pasar.
Es un hombre guapo, piensa Elena, todo lo que una mujer podría desear.
—Tengo prisa—dice él, con voz arrogante, mientras camina hacia la cama parándose en el borde para desabotonarse la camisa y dándole la espalda a Elena—. Quítate la ropa.
Elena cierra la puerta, apoyándose en ella, y juguetea con la pequeña pistola que esconde detrás de su espalda… decidiendo. La invisible cortina que cubre las voces espirituales, del demonio y el guardián, se cae silenciosamente a los oídos de Elena.
—No lo hagas— suplica el guardián.
—Es la única manera— interviene el demonio, con voz firme.
—Siempre hay una alternativa— expresa, convencido—. Déjalo marchar…
Ambos caminan a cada lado de los hombros de Elena.
—Si lo dejas escapar no habrá otra oportunidad. En cambio, si haces lo que has planeado desde hace días entonces será tuyo para toda la eternidad.
—Una eternidad en el infierno, eso es lo que te espera si aprietas el gatillo.
Elena camina hacia su amante, que ahora lucha con el pestillo de su bragueta ignorante a la lucha moral que se está llevando a sus espaldas, y levanta la pistola apuntando directamente a la sien del hombre.
—Prefiero una eternidad en el infierno, que una vida sin él— murmura Elena a las voces en su cabeza.
—No lo hagas— previene el guardián, pero su voz se va haciendo mas tenue y su imagen se difumina en el aire.
—Má-ta-lo— articula, con tono complacido el demonio, mientras una sonrisa de deleite curva la comisura de sus labios y el negro se intensifica en sus ojos, el vacío.
En la habitación de Elena Sosa, a las 5:50 de la mañana se escucha un disparo que rompe el silencio matutino. Segundos después un segundo disparo despierta a los vecinos. En la habitación de Elena dos cuerpos ensangrentados yacen bajo la triunfante mirada de un demonio. Este día ha sido parte de su trabajo como recolector de almas. Por suerte siempre hay humanos condenados al infierno que lo mantienen ocupado.
El demonio cruza la puerta cuando una pareja de policías llega a la escena del crimen y se inclina hacia uno de ellos acunando su propia oreja con las manos, escuchando los pensamientos del policía más joven.
—Definitivamente es un alma fácil de corromper— le comenta al enojado ángel guardián del policía, con su sonrisa más luminosa—. Me encanta este trabajo.
Se me ocurrió que volvería a verte
Me levanté pensando en aquellas tardes inconclusas,
En las palabras que nunca dijimos,
En los besos que nunca nos dimos.
Recordé la historia que nunca contaste,
La ausencia que no me dejaste.
Se me ocurre la tarde de julio,
El calor del verano,
Y una charla donde me dices adiós.
Entonces se me ocurre que volveré a verte,
Y serás entonces aquél que no eres,
Y seré yo la otra, la que no soy ahora.
Se me ocurre que volveré a verte,
Porque no se puede esperar siempre al mismo recuerdo.
viernes, 16 de noviembre de 2012
Ensayo sobre lo que acabo de descubrir
Descubrí hoy que la mentira es mi vocación.
No importa cuán mal me sienta al respecto de las palabras que salen por mis dedos, la justa entonación con la que enfatizo una historia inventada o el hecho de que miento desconsideradamente y sin reservas; al final la mentira me fluye por los poros, por la boca y por los ojos, se me escapa. No me puedo controlar. Miento una vez, y miento otras más para cubrir la primera, pulirla, mostrarla. Se me escapa de control y sin embargo, la continúo perfectamente sin final. Una mentira eterna, de la cual derivan las demás.
¿Cómo sabrás lo que es verdad, y lo que no lo es, cuando leas esto?
¿Eres tú. o el otro?
Las violetas son flores del deseo
La violación comienza con la mirada. Cualquiera que se haya asomado al poso de sus deseos, lo sabe... Porque abrirse al deseo es una condena: tarde o temprano buscaremos saciar la sed, para unos momentos más tarde volver a padecerla.
Fragmento del libro escrito por: Ana Clavel
Fragmento del libro escrito por: Ana Clavel
Desequilibrio II
Como parte de un ritual matutino, llevado a cabo por más de 10 años, Eva se levantó de su cama por el lado izquierdo, apoyó los pies sobre el suelo frío y buscó a tientas las pantuflas bajo el colchón, enfundó sus piecesitos con el algodón de las calcetas y caminó hacia la puerta de su habitación, bostezó largamente mientras que con su mano encendió la luz cálida de su lámpara de techo. Casi sin darse cuenta, llegó al baño y se detuvo un momento frente al espejo. Por años había hecho lo mismo sin ninguna alteración hasta esa mañana. Conocía su rostro por los 24 años de vida que tenía, tal vez no desde que nació pero sí al menos desde que tenía conciencia de su persona, sin embargo esa mañana no pudo reconocer a la mujer que la observaba desde el reflejo. Sintió un sudor frío cayéndole por la espalda e instantáneamente un hilo de pánico le recorrió todo el cuerpo. Se quedó muy quieta, insistiendo en reconocerse en aquél reflejo, pero no pudo. ¿Quién eres? Le preguntó a la mujer en el espejo, que como era de esperarse movió los labios al mismo tiempo que ella, con el mismo gesto perplejo y el mismo tono incrédulo. ¿Quién soy?, preguntó ahora, y sin embargo la respuesta no se presentaba. Miró atentamente el rostro, ¿su rostro?, la piel color mantequilla, los ojos grandes y redondos de pupilas castañas, la nariz recta y los labios gruesos y sonrosados, el cabello oscuro ondulando sobre los hombros como una capa adherida a su cráneo. Intentó moverse para alejarse de esa perturbadora imagen pero sus piernas no respondieron a su orden, ¿había dado ella realmente la orden de hacerlo? ¿cómo funcionaba ese cuerpo desconocido? Había estudios, reglas, ensayos, libros sobre el funcionamiento humano, esa máquina considerada perfecta, escritos muchísimo antes de su nacimiento, no obstante ahí estaba ella sin entender la pertenencia de su propio envase. Existía en el mundo porque su cuerpo físico estaba presente en esa realidad, ¿pero en qué consistía la realidad, quién había establecido los patrones para considerarla el mundo real? Tomó conciencia de sus manos, las levantó hacia su rostro y las observó moverse, de alguna manera su cerebro dictaba órdenes para hacerlas doblarse pero, ¿era ella la que ordenaba a su cerebro? Y si no era ella, ¿quién más? El pánico se convirtió en terror, un miedo agudo y profundo que la envolvió con un abrazo fuerte, sintió que su respiración se agitaba, de pronto ya no era capaz de recordar ese simple acto, ¿cómo tenía que hacer para respirar? Comenzó a ahogarse, a sentir que el aire e escapaba por su boca, y en un esfuerzo monumental intentó retenerlo pero el hecho de exhalar e inhalar aire se volvió, de pronto, desconocido. Entendió entonces su mortalidad. Estaba viva en ese momento, pero todos los días moría un poco, sin duda alguna estaba pendiendo en el hilo de la muerte y cada amanecer era inclinarse a ella. Nunca había la certeza de despertar al día siguiente o de que durante el transcurso del día un incidente le provocara la muerte. En ese caso, ¿a dónde iría cuando su existencia en ese mundo terminara? ¿Había un cielo, o un infierno, en el que ella pudiera existir nuevamente o sólo se trataba de un silencio oscuro y permanente? ¿Habría una segunda vida, otra oportunidad para hacer las cosas bien, o esta era la última vez y la había desperdiciado desconsideradamente? Se encogió ante la posibilidad de desaparecer para siempre. Nadie la recordaría. Quizá su familia y sus amigos lloraran su muerte, pero su nombre pasaría al olvido junto con el tiempo. Nadie sabría quién era Eva y cómo vivió. Nunca nadie sabría sus sueños, por los que jamás había tenido el valor de luchar; o sus amores, los que templaron su carácter enraizándola en la soledad. Desaparecía realmente, sin dejar rastro, sin haber tocado otra vida que le mereciera el privilegio de ser recordada.
Miró de nuevo su rostro, SU rostro.
¿Quién soy?, se dijo. Soy Eva, pero seguiría siendo yo aún con otro nombre. Soy hija de mis padres, pero seguiría siendo yo aunque no lo fuera. Soy una joven, pero seguiría siendo yo aunque envejezca.
En realidad, soy la suma de las decisiones que tomo todos los días, soy el presente y el futuro, soy mis aspiraciones y mis sueños, las acciones que llevo a cabo para lograrlos y los problemas que se me presentan para resolverlos.
La respiración se normalizó y poco a poco fue recobrando la certeza de sí misma.
Desequilibrio I
Con los ojos cerrados y los brazos extendidos Javier camina a pasos ligeros sobre una cuerda floja que pende encima del vacío, sabiendo que en cualquier momento caerá de nuevo, no deja de intentar llegar al otro lado: el Mundo Real. Una y otra vez, no importa de cuántas maneras intente mantener el equilibrio, el resultado final será adentrarse en lo profundo de un mundo que no es el suyo, una realidad alterna a su vida común, un infierno con paisajes de colores y monstruos quiméricos, donde todo lo que le espera es la soledad y el silencio.
A los 19 años el médico le diagnosticó una distorsión del pensamiento: esquizofrenia.
Se desvanecía en su habitación después de un largo periodo creativo, le fascinaba pintar, por lo que al principio lo atribuyó al exceso de trabajo al que sometía su cerebro con cada cuadro que creaba, pero entonces la visita a ese infierno personal se volvió cada vez más frecuente. Perdió el control absoluto de sus propias emociones que lo ahogaban como una enorme serpiente abrazándose a su cuerpo para engullirlo hacia la oscuridad. La desesperación y la incertidumbre se habían apoderado de su vida.
Por un tiempo descubrió que las drogas (cocaína, éxtasis, lo que tuviera al alcance, lo más fuerte) lograban mantenerlo en la realidad. Pero al paso de los días su cuerpo se acostumbró a ellas y no tardó en caer de nuevo. Entraba y salía de ese mundo como si nada. Salía sí, pero con mayor tristeza en el alma. No supo en qué momento se acostumbró a ese infierno de su invención. En los momentos de lucidez pintaba lienzos sobre lo que veía en su desrealización. Paisajes hermosos y seres macabros que se deslizaban entre el papel como si tuviesen vida propia, Javier les daba un nombre y una existencia al plasmarlos, los fue trayendo a la vida real y sin darse cuenta confundió ambos mundos. La cuerda que los dividía se había destruido con cada trazo de la mano de su creador. Pronto no supo diferenciarlos. Las paredes de su habitación eran una réplica exacta de lo que veía en su infierno. Tomó la costumbre de lastimar su cuerpo para probar en dónde se encontraba; y curaba sus heridas, por si llegase a equivocarse, con la misma indiferencia que si se limpiara la piel con un pañuelo de seda. Cualquier sentimiento fue desechado de su cuerpo, ya no le servían. Ni las drogas, ni las mujeres, ni la vida podían mantenerlo atado. Ya nada era transcendental.
Suspendido entre la realidad y la fantasía, sin saber cuál era uno y cuál el otro, Javier se rindió a su soledad. Se abandonó…
domingo, 1 de julio de 2012
Nos recuerdo
Nos recuerdo encerrados en la habitación, bailando sin baile.
Éramos la primavera desperezándose en un mundo hibernal, la ebullición de la vida.
Siguiendo el compás del silencio, roto por la canción de tu respiración y mi aliento.
Volábamos alto, viajábamos lejos. Enmarañados los cuerpos, vivíamos futuros,
Vivíamos recuerdos, tiñendo de besos la lluvia, el mal tiempo.
Éramos la furia loca de la locura en sus mejores momentos, la cordura malentendida.
Nos recuerdo encerrados en tu cuarto, encendiendo velas de fogosidad efusiva.
Arrebatos exaltados en las noches de deseo, que, nacido entre ansias, nos imbuía.
Las palabras que eran nuestras se escondían bajo las mantas, entre las sábanas se guarecían.
Y de pronto, un “te quiero” perdido, un “mi amor”, decidido, de tu boca irrumpía.
Éramos la fusión de una estrella fugaz con la luna, el amanecer encendido.
Éramos el secreto que todos intuyen, el más dulce y peculiar sonido.
Me recuerdo hilando hebras de fantasías en tu pelo, rescatando de tu alma casi toda mi verdad. Buscando la certeza entre tu cuerpo, sintiendo encontrar en tu cerco mi libertad.
Susurrándote versos al oído, dedicándote poemas sin pensar:
“Somos dos versos que riman sin rima, somos la esencia de todo lo genial”.
Éramos la espera que no pierde la esperanza, lo cercano y lo profundo.
Éramos la calma en nuestras pieles perdidas y exhaustas, mapas sin ruta ni rumbo.
Te recuerdo pintándome ilusiones sobre la nariz, despertándome cada sueño.
Encendiendo aquello oscuro que alguna vez hubo en mí, lo íntimo y el misterio.
Tapando con tu contorno mis huecos, con tus virtudes mis faltas.
Destapándome la risa que hoy no encuentro, anudándote en mi espalda.
Éramos la reacción a punto de explosionar, manchando de cálido líquido el mundo.
Éramos el silencio al que nunca supieron callar, el más tierno e insondable conjunto.
jueves, 21 de junio de 2012
La niña mala
Esta tarde le he dado una bofetada a Mario, de esas que dejan pecas de sangre, y el muy bocazas ha corrido a las faldas de nuestra madre para quejarse. Mamá lo ha mirado horrorizada, con los ojos lagrimosos, y le ha propinado una cachetada más fuerte.
"No vuelvas a decir eso. ¡Nunca!"
Mario se ha quedado perplejo, las lagrimas se detienen en sus ojitos de pescado y su boca forma una enorme "O", de donde no salen las palabras.
Después mamá le ha cargado en brazos, le besa la frente y lo lleva a la cocina donde le sirve una enorme rebanada de pastel. Mi pastel de cumpleaños. Yo camino detrás de ellos, silenciosa. A mi no me ha dado nada.
Apenas hace unos días estábamos felices por mi fiesta, mamá hablaba animadamente sobre los arreglos y yo decidía el color del pastel. Entonces el estúpido de Mario apareció en la cocina con el dedo chorreando sangre, levantando la mano para que mamá y yo pudieramos verlo bien. Odio la sangre. Mamá me obligó a subir por el botiquín, pero el tonto de Mario dejó uno de sus carritos al borde de la escalera y resbalé desde el segundo piso. Por eso tardé en llevarle el botiquín. Por eso creo que está ella enojada conmigo.

Es así desde hace una semana. Me trata como si no existiera, como si no tuviera otra hija además del estúpido Mario. Y esto a él le ha encantado porque de pronto le cumple todos sus caprichos. Y yo lo odio. Lo odio mucho.
Mario me sonríe por encima de la mesa, me he quedado parada al lado de una silla, dejando ver los huecos que dejaron sus dientes recién mudados. Me da tanto asco.
Si pudiera hacerlo desaparecer...
Mamá toma la silla junto a mi, no pide que me aparte, y se sienta a observar como Mario devora el postre.
"Mamá, ¿me sirves un poco?"
Mario me mira, mira a mamá. No hay respuesta. Me retiro rápidamente. Quiero llorar, pero no lo haré porque soy una niña fuerte. Salgo de la casa y cruzo el patio para llegar hasta esa horrible caja de madera donde mamá me obligan a dormir desde hace una semana, adentro está oscuro. Le tengo miedo a la oscuridad. Por eso haré que Mario venga conmigo, así mamá tendrá que amarnos a los dos.
"No vuelvas a decir eso. ¡Nunca!"
Mario se ha quedado perplejo, las lagrimas se detienen en sus ojitos de pescado y su boca forma una enorme "O", de donde no salen las palabras.
Después mamá le ha cargado en brazos, le besa la frente y lo lleva a la cocina donde le sirve una enorme rebanada de pastel. Mi pastel de cumpleaños. Yo camino detrás de ellos, silenciosa. A mi no me ha dado nada.
Apenas hace unos días estábamos felices por mi fiesta, mamá hablaba animadamente sobre los arreglos y yo decidía el color del pastel. Entonces el estúpido de Mario apareció en la cocina con el dedo chorreando sangre, levantando la mano para que mamá y yo pudieramos verlo bien. Odio la sangre. Mamá me obligó a subir por el botiquín, pero el tonto de Mario dejó uno de sus carritos al borde de la escalera y resbalé desde el segundo piso. Por eso tardé en llevarle el botiquín. Por eso creo que está ella enojada conmigo.

Es así desde hace una semana. Me trata como si no existiera, como si no tuviera otra hija además del estúpido Mario. Y esto a él le ha encantado porque de pronto le cumple todos sus caprichos. Y yo lo odio. Lo odio mucho.
Mario me sonríe por encima de la mesa, me he quedado parada al lado de una silla, dejando ver los huecos que dejaron sus dientes recién mudados. Me da tanto asco.
Si pudiera hacerlo desaparecer...
Mamá toma la silla junto a mi, no pide que me aparte, y se sienta a observar como Mario devora el postre.
"Mamá, ¿me sirves un poco?"
Mario me mira, mira a mamá. No hay respuesta. Me retiro rápidamente. Quiero llorar, pero no lo haré porque soy una niña fuerte. Salgo de la casa y cruzo el patio para llegar hasta esa horrible caja de madera donde mamá me obligan a dormir desde hace una semana, adentro está oscuro. Le tengo miedo a la oscuridad. Por eso haré que Mario venga conmigo, así mamá tendrá que amarnos a los dos.
miércoles, 20 de junio de 2012
Fin
No sé si mi destino siempre es escapar y alejarme como los cobardes o, ¿será acaso que uno termina acostumbrándose a los finales no felices? No lo sé, pero entre más lejos me voy, más de cerca visitas mis pensamientos. Y es que, ¿cómo huyes de un recuerdo?
¡Cómo cuesta pronunciar un adiós! Cómo cuesta abandonar una historia que al principio parecía ser la más prometedora de todas las historias. ¿Cómo escribirnos un fin? Hay puentes que se rompen y dejan de unir ciudades. Al parecer eso nos pasó a ti y a mí.
Nos cuesta dejar ir, dejar de hablar, dejar de contestar llamadas y mensajes, matar esa curiosidad de querer saber cómo está, si aún respira o si al final murió, si es feliz o si le va mal. Y es que no hay un protocolo para eso. Por momentos, crees que todo está perdido, pero después te das cuenta de que el Universo no te ha olvidado y te tiende una mano y llega el día en que te da igual si su carota acaba de iniciar sesión, si te saluda o decide ingorarte. Un día, sin saber cómo, deja de doler, porque dejas de vivir al pendiente del otro y comienzas a vivir al pendiente de ti, y es entonces cuando entendemos lo que quiere decir poner fin, cerrar el telón y seguir viviendo.
[...De mi padre aprendí que dejar ir, no es otra cosa mas que soltar con amor...]
Porque va a pasar, como todo pasa... Fin.
¡Cómo cuesta pronunciar un adiós! Cómo cuesta abandonar una historia que al principio parecía ser la más prometedora de todas las historias. ¿Cómo escribirnos un fin? Hay puentes que se rompen y dejan de unir ciudades. Al parecer eso nos pasó a ti y a mí.
Nos cuesta dejar ir, dejar de hablar, dejar de contestar llamadas y mensajes, matar esa curiosidad de querer saber cómo está, si aún respira o si al final murió, si es feliz o si le va mal. Y es que no hay un protocolo para eso. Por momentos, crees que todo está perdido, pero después te das cuenta de que el Universo no te ha olvidado y te tiende una mano y llega el día en que te da igual si su carota acaba de iniciar sesión, si te saluda o decide ingorarte. Un día, sin saber cómo, deja de doler, porque dejas de vivir al pendiente del otro y comienzas a vivir al pendiente de ti, y es entonces cuando entendemos lo que quiere decir poner fin, cerrar el telón y seguir viviendo.
[...De mi padre aprendí que dejar ir, no es otra cosa mas que soltar con amor...]
@crayoliiita
Porque va a pasar, como todo pasa... Fin.
domingo, 17 de junio de 2012
Casida de la tentadora, Jaime Sabines
Todos te desean pero ninguno te ama. Nadie puede quererte, serpiente,
porque no tienes amor,
porque estás seca como la paja seca
y no das fruto.
Tienes el alma como la piel de los viejos.
Resígnate. No puedes hacer más
sino encender las manos de los hombres
y seducirlos con las promesas de tu cuerpo.
Alégrate. En esa profesión del deseo
nadie como tú para simular inocencia
y para hechizar con tus ojos inmensos.
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