viernes, 16 de noviembre de 2012

Desequilibrio II


Como parte de un ritual matutino, llevado a cabo por más de 10 años, Eva se levantó de su cama por el lado izquierdo, apoyó los pies sobre el suelo frío y buscó a tientas las pantuflas bajo el colchón, enfundó sus piecesitos con el algodón de las calcetas y caminó hacia la puerta de su habitación, bostezó largamente mientras que con su mano encendió la luz cálida de su lámpara de techo. Casi sin darse cuenta, llegó al baño y se detuvo un momento frente al espejo. Por años había hecho lo mismo sin ninguna alteración hasta esa mañana. Conocía su rostro por los 24 años de vida que tenía, tal vez no desde que nació pero sí al menos desde que tenía conciencia de su persona, sin embargo esa mañana no pudo reconocer a la mujer que la observaba desde el reflejo. Sintió un sudor frío cayéndole por la espalda e instantáneamente un hilo de pánico le recorrió todo el cuerpo. Se quedó muy quieta, insistiendo en reconocerse en aquél reflejo, pero no pudo.  ¿Quién eres?  Le preguntó a la mujer en el espejo, que como era de esperarse movió los labios al mismo tiempo que ella, con el mismo gesto perplejo y el mismo tono incrédulo.  ¿Quién soy?, preguntó ahora, y sin embargo la respuesta no se presentaba. Miró atentamente el rostro, ¿su rostro?, la piel color mantequilla, los ojos grandes y redondos de pupilas castañas, la nariz recta y los labios gruesos y sonrosados, el cabello oscuro ondulando sobre los hombros como una capa adherida a su cráneo. Intentó moverse para alejarse de esa perturbadora imagen pero sus piernas no respondieron a su orden, ¿había dado ella realmente la orden de hacerlo? ¿cómo funcionaba ese cuerpo desconocido? Había estudios, reglas, ensayos, libros sobre el funcionamiento humano, esa máquina considerada perfecta, escritos muchísimo antes de su nacimiento, no obstante ahí estaba ella sin entender la pertenencia de su propio envase. Existía en el mundo porque su cuerpo físico estaba presente en esa realidad, ¿pero en qué consistía la realidad, quién había establecido los patrones para considerarla el mundo real? Tomó conciencia de sus manos, las levantó hacia su rostro y las observó moverse, de alguna manera su cerebro dictaba órdenes para hacerlas doblarse pero, ¿era ella la que ordenaba a su cerebro? Y si no era ella, ¿quién más? El pánico se convirtió en terror, un miedo agudo y profundo que la envolvió con un abrazo fuerte, sintió que su respiración se agitaba, de pronto ya no era capaz de recordar ese simple acto, ¿cómo tenía que hacer para respirar? Comenzó a ahogarse, a sentir que el aire e escapaba por su boca, y en un esfuerzo monumental intentó retenerlo pero el hecho de exhalar e inhalar aire se volvió, de pronto, desconocido. Entendió entonces su mortalidad. Estaba viva en ese momento, pero todos los días moría un poco, sin duda alguna estaba pendiendo en el hilo de la muerte y cada amanecer era inclinarse a ella. Nunca había la certeza de despertar al  día siguiente o de que durante el transcurso del día un incidente le provocara la muerte. En ese caso, ¿a dónde iría cuando su existencia en ese mundo terminara? ¿Había un cielo, o un infierno, en el que ella pudiera existir nuevamente o sólo se trataba de un silencio oscuro y permanente? ¿Habría una segunda vida, otra oportunidad para hacer las cosas bien, o esta era la última vez y la había desperdiciado desconsideradamente? Se encogió ante la posibilidad de desaparecer para siempre. Nadie la recordaría. Quizá su familia y sus amigos lloraran su muerte, pero su nombre pasaría al olvido junto con el tiempo. Nadie sabría quién era Eva y cómo vivió. Nunca nadie sabría sus sueños, por los que jamás había tenido el valor de luchar; o sus amores, los que templaron su carácter enraizándola en la soledad. Desaparecía realmente, sin dejar rastro, sin haber tocado otra vida que le mereciera el privilegio de ser recordada.

Miró de nuevo su rostro, SU rostro.

¿Quién soy?, se dijo. Soy Eva, pero seguiría siendo yo aún con otro nombre. Soy hija de mis padres, pero seguiría siendo yo aunque no lo fuera. Soy una joven, pero seguiría siendo yo aunque envejezca.

En realidad, soy la suma de las decisiones que tomo todos los días, soy el presente y el futuro, soy mis aspiraciones y mis sueños, las acciones que llevo a cabo para lograrlos y los problemas que se me presentan para resolverlos.

La respiración se normalizó y poco a poco fue recobrando la certeza de sí misma.

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