sábado, 17 de noviembre de 2012

Susurro

“El alma humana tiene que participar en su propia destrucción. De eso se trata. Esa destrucción hace al espíritu oscuro más fuerte… libre albedrío”.





    Este martes 3 de agosto Elena Sosa no está sola en su habitación. Junto al único ventanal, con vista al tedioso amanecer de la ciudad, un ser luminoso de impecable traje blanco observa pensativo a la mujer que peina la espesa cabellera oscura frente al espejo de tocador. Ella es indudablemente bella, y lo sabe. Del otro lado, balanceando sus piernas sobre la cama recién arreglada, un individuo con pantalón beige y playera azul tararea Love Gun.

— Ya te dije que desaparecieras—indica el luminoso, con un toque de fastidio en su voz, mirando a su rival por el rabillo del ojo sin girar su rostro.

El demonio le dedica su más reluciente sonrisa de perfectos dientes blancos, en respuesta a su reclamo.

 —Y yo te he dicho, mil veces, que eso no es posible— responde, con voz alegre y juguetona—. Tengo que terminar mi trabajo aquí.

Ambos miran a Elena con obstinada determinación

—Ella nunca lo haría, acepta que has perdido esta alma— sentencia, fijando sus ojos en el demonio con expresión vehemente—. He estado acompañándola desde que vio la primera luz en este mundo… Elena es sensata, no hay vileza en su corazón.

Elena se levanta de la silla y camina, cantando en voz baja Love Gun, hacia su ropero para elegir su atuendo: hoy se decide por el sencillo vestido azul de tirantes delgados y se calza un par de sandalias blancas, luego toma entre sus manos un fardo de pañuelo rojo que estaba oculto en el fondo de su cajonera.

—Los humanos adquieren la maldad con el paso de los años— explica el demonio, moviendo sus dedos, suavemente, al compás de la canción que canta Elena— siempre habrá un cúmulo de sentimientos turbios germinando en sus corazones— se encoge de hombros y señala con la cabeza a Elena—. Solo es cuestión de esperar un mal momento, un mal lugar o…

—Una mala palabra susurrada en su oído— interrumpe, con sarcasmo, cruzando sus brazos sobre el pecho.

—Así es— acepta, con seriedad—. Pero al final la decisión de escucharnos, o ignorarnos, siempre depende de ellos.

— ¿Libre albedrío? Ese es un término que no te corresponde utilizar— inquiere el guardián, en una burla seca.

Mientras ambos se miran con actitud retadora, Elena desenvuelve el pañuelo rojo dejando descubierta una pequeña pistola de bolsillo. Tres golpes en la puerta la sobresaltan pero enseguida se repone para responder a la llamada.

—Aquí voy— manifiesta el demonio con voz entusiasta, saltando desde el borde de la cama hasta el costado izquierdo de Elena para caminar al mismo tiempo que ella.

—Aquí vamos— corrige el guardián, mientras se incorpora en su usual lugar a la derecha.

Elena abre la puerta y le sonríe, cálidamente, al hombre que espera bajo el umbral, después se mueve para darle espacio al pasar.
Es un hombre guapo, piensa Elena, todo lo que una mujer podría desear. 

 —Tengo prisa—dice él, con voz arrogante, mientras camina hacia la cama parándose en el borde para desabotonarse la camisa y dándole la espalda a Elena—. Quítate la ropa.

Elena cierra la puerta, apoyándose en ella, y juguetea con la pequeña pistola que esconde detrás de su espalda… decidiendo. La invisible cortina que cubre las voces espirituales, del demonio y el guardián, se cae silenciosamente a los oídos de Elena.

—No lo hagas— suplica el guardián.

—Es la única manera— interviene el demonio, con voz firme.

—Siempre hay una alternativa— expresa, convencido—. Déjalo marchar…

Ambos caminan a cada lado de los hombros de Elena.

—Si lo dejas escapar no habrá otra oportunidad. En cambio, si haces lo que has planeado desde hace días entonces será tuyo para toda la eternidad.

—Una eternidad en el infierno, eso es lo que te espera si aprietas el gatillo.

     Elena camina hacia su amante, que ahora lucha con el pestillo de su bragueta ignorante a la lucha moral que se está llevando a sus espaldas, y levanta la pistola apuntando  directamente a la sien del hombre.

—Prefiero una eternidad en el infierno, que una vida sin él— murmura Elena a las voces en su cabeza.

      —No lo hagas— previene el guardián, pero su voz se va haciendo mas tenue y su imagen se difumina en el aire.

      —Má-ta-lo— articula, con tono complacido el demonio, mientras una sonrisa de deleite curva la comisura de sus labios y el negro se intensifica en sus ojos, el vacío.

En la habitación de Elena Sosa, a las 5:50 de la mañana se escucha un disparo que rompe el silencio matutino. Segundos después un segundo disparo despierta a los vecinos. En la habitación de Elena dos cuerpos ensangrentados yacen bajo la triunfante mirada de un demonio. Este día ha sido parte de su trabajo como recolector de almas. Por suerte siempre hay humanos condenados al infierno que lo mantienen ocupado.

El demonio cruza la puerta cuando una pareja de policías llega a la escena del crimen y se inclina hacia uno de ellos acunando su propia oreja con las manos, escuchando los pensamientos del policía más joven.

—Definitivamente es un alma fácil de corromper— le comenta al enojado ángel guardián del policía, con su sonrisa más luminosa—. Me encanta este trabajo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario