Probablemente me arrepienta toda la vida del último beso que no te di, como me arrepiento de tantas otras cosas que no me permití hacer en el pasado. Como una amar un poquito o como permitirte entrar al fondo de mi carne.
Hoy te dije "adiós" y me suena a definitvo. El tan alargado punto final de esta pseudo relación es hoy por fin un hecho. Y no se supone que duela de esta manera. ¿Por qué?
Siempre que me despido lo hago con la intención de no volver, siempre que me despedí de ti buscaba que fuese concluyente. No encontraba sentido en estar con alguien como tú. Un soñador con monstruos en la cabeza, perros del mal y mil voces en la garganta. Supongo que la tristeza viene adherida en las despedidas. He dicho adiós demasiadas veces en mi vida, más de la que que hubiese deseado hacer, pero en este momento no puedo parar de llorar. No quiero que se acabe. Quiero que estés ahí intermitentemente por mucho tiempo más. ¿Ya sabes a qué suena eso? Me veo a mi misma como un muñeco de trapo, dispuesto a la consideración del entorno; un títere, un juguete, y será así por el tiempo en que siga dispersa. Me faltan ganas, pasión, fuerza. Me falta valor para enfrentarme a mí misma.
No puedo ser más valiente porque serlo significa enfrentarme al hecho de que soy débil, común, que sí me enamoro... que el amor si me entra por la vagina.
Y no eres tú, estoy segura que no eres tú, es lo que representas para mi. Algo a lo que no puedo acceder, un planeta muy lejano al que únicamente puedo observar desde mi ventana.
No quiero que sea un adiós definitivo, y sin embargo no me queda otra opción. Decir adiós, aunque no lo desees, es madurar un poco. Es entender que las personas no se quedan para siempre, que unas pasan como estrellas fugaces por tu vida y te dejan la piel en llamas con la intención de que las recuerdes en la eternidad. Eso eres tú para mi. Eso fue él, el primero. No aprendo, no entiendo que en los juegos de este tipo siempre hay quién apuesta mucho más y lo pierde todo.
Empero, despedirse está bien.
Decir adiós siempre resulta ser lo correcto ya que de esta manera se permite la posibilidad de un nuevo comienzo.
EL BAÚL DE LAS LETRAS
Una antología de mis palabras y sus días.
domingo, 16 de diciembre de 2012
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Desequilibrio III
Estaremos juntos por siempre, mi amor.
Te he invitado esta noche a la cena, preparé ensalada pero falta el plato principal. Me has dicho que no vas a volver, que has venido solamente a recoger tus pertenencias, que no te quedas a comer. Te digo: Siéntate un rato, hablemos del ayer. Contestas que no hay nada que decir, que todo terminó. Te digo: Estarás dentro, muy dentro de mi, ¿cómo voy a vivir sin ti? Yo soy tú. Me miras y sonríes, me dices que no me amas, me dices que hay alguien más. Te digo: Quédate a la cena, aun falta el plato principal. Me gritas, te enfureces, estás desesperado, y caminas hacia la puerta. No puedes irte, estaremos juntos para siempre porque estás dentro de mi. Yo soy tú, ¿cómo podría vivir sin ti?
Estás tendido sobre el suelo, envuelto en tan bello rojo carmesí, murmuras que quieres irte, pero ¿cómo podría vivir yo sin ti si yo soy tú? Estaremos juntos para siempre, amor mío, quédate a la cena que aun falta el plato principal.
Que dulce es tu sabor, amor. Que rico es tu aroma. Que delicia es tu cuerpo.
Estaremos juntos para siempre porque yo soy tú y estarás dentro de mi.
Laura Rodríguez P.
martes, 4 de diciembre de 2012
SOLEDAD ACOMPAÑADA
Dice mi mamá que traigo la soledad adherida a los huesos, en el centro, que la exhalo por los poros. No he vivido nada, 22 años apenas ya pensando que la vida se me escapa, que me muero, me muero lento.
Pero me gusta. Soledad eterna, de mil posibilidades. No soy yo la que escoge, es ella quién me abraza con sus brazos de tiempo y no me deja ir. Y pienso: esta vez sí, esta vez no estaré sola. Pero sucede la vida, lo inevitable, lo inexplicable, y me dejo llevar lejos . Lejos. Amante codiciosa la Soledad.
Sad eyes, Crystal Castles
Pero me gusta. Soledad eterna, de mil posibilidades. No soy yo la que escoge, es ella quién me abraza con sus brazos de tiempo y no me deja ir. Y pienso: esta vez sí, esta vez no estaré sola. Pero sucede la vida, lo inevitable, lo inexplicable, y me dejo llevar lejos . Lejos. Amante codiciosa la Soledad.
Sad eyes, Crystal Castles
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Conexión de almas
A soul connection is a resonance between two people who respond to the essential beauty of each other’s individual natures, behind their facades, and who connect on this deeper level. This kind of mutual recognition provides the catalyst for a potent alchemy. It is a sacred alliance whose purpose is to help both partners discover and realize their deepest potentials. While a heart connection lets us appreciate those we love just as they are, a soul connection opens up a further dimension… seeing and loving them for who they could be, and for who we could become under their influence. This means recognizing that we both have an important part to play in helping each other become more fully who we are. A soul connection not only inspires us to expand, but also forces us to confront whatever stands in the way of that expansion.John Welwood
¿Es el amor un arte?
Si dos personas que son desconocidas la una para la otra, como lo somos todos, dejan caer de pronto la barrera que las separa, y se sienten cercanas, se sienten uno, ese momento constituye uno de los más estimulantes y excitantes de la vida. Y resulta aún más maravilloso para aquéllas personas que han vivido encerradas aisladas, sin amor. Ese milagro de súbita intimidad suele verse facilitado si se combina o inicia con la atracción sexual y su consumación. Sin embargo, tal tipo de amor es, por su misma naturaleza, poco duradero. Las dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez su carácter milagroso, hasta que su antagonismo sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por matar lo que puede quedar de la excitación inicial.Fragmento: Erich From, El arte de amar.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Poema improvisado en un día nublado
No es la promesa de tu cuerpo,
el anhelo de tu aroma,
el calor desde tu piel.
No es el baile de tu boca,
el compás de tu manos,
tu lengua envenenando.
Es la prisión de tu recuerdo,
la memoria de los días
lo que no se quiere ir.
Es la hora infinita,
el jueves eterno,
tu habitación.
Es lo que no existe en ti,
lo que añoro,
lo que amo,
lo que no es.
el anhelo de tu aroma,
el calor desde tu piel.
No es el baile de tu boca,
el compás de tu manos,
tu lengua envenenando.
Es la prisión de tu recuerdo,
la memoria de los días
lo que no se quiere ir.
Es la hora infinita,
el jueves eterno,
tu habitación.
Es lo que no existe en ti,
lo que añoro,
lo que amo,
lo que no es.
sábado, 17 de noviembre de 2012
Susurro
“El alma humana tiene que participar en su propia destrucción. De eso se trata. Esa destrucción hace al espíritu oscuro más fuerte… libre albedrío”.
Este martes 3 de agosto Elena Sosa no está sola en su habitación. Junto al único ventanal, con vista al tedioso amanecer de la ciudad, un ser luminoso de impecable traje blanco observa pensativo a la mujer que peina la espesa cabellera oscura frente al espejo de tocador. Ella es indudablemente bella, y lo sabe. Del otro lado, balanceando sus piernas sobre la cama recién arreglada, un individuo con pantalón beige y playera azul tararea Love Gun.
— Ya te dije que desaparecieras—indica el luminoso, con un toque de fastidio en su voz, mirando a su rival por el rabillo del ojo sin girar su rostro.
El demonio le dedica su más reluciente sonrisa de perfectos dientes blancos, en respuesta a su reclamo.
—Y yo te he dicho, mil veces, que eso no es posible— responde, con voz alegre y juguetona—. Tengo que terminar mi trabajo aquí.
Ambos miran a Elena con obstinada determinación
—Ella nunca lo haría, acepta que has perdido esta alma— sentencia, fijando sus ojos en el demonio con expresión vehemente—. He estado acompañándola desde que vio la primera luz en este mundo… Elena es sensata, no hay vileza en su corazón.
Elena se levanta de la silla y camina, cantando en voz baja Love Gun, hacia su ropero para elegir su atuendo: hoy se decide por el sencillo vestido azul de tirantes delgados y se calza un par de sandalias blancas, luego toma entre sus manos un fardo de pañuelo rojo que estaba oculto en el fondo de su cajonera.
—Los humanos adquieren la maldad con el paso de los años— explica el demonio, moviendo sus dedos, suavemente, al compás de la canción que canta Elena— siempre habrá un cúmulo de sentimientos turbios germinando en sus corazones— se encoge de hombros y señala con la cabeza a Elena—. Solo es cuestión de esperar un mal momento, un mal lugar o…
—Una mala palabra susurrada en su oído— interrumpe, con sarcasmo, cruzando sus brazos sobre el pecho.
—Así es— acepta, con seriedad—. Pero al final la decisión de escucharnos, o ignorarnos, siempre depende de ellos.
— ¿Libre albedrío? Ese es un término que no te corresponde utilizar— inquiere el guardián, en una burla seca.
Mientras ambos se miran con actitud retadora, Elena desenvuelve el pañuelo rojo dejando descubierta una pequeña pistola de bolsillo. Tres golpes en la puerta la sobresaltan pero enseguida se repone para responder a la llamada.
—Aquí voy— manifiesta el demonio con voz entusiasta, saltando desde el borde de la cama hasta el costado izquierdo de Elena para caminar al mismo tiempo que ella.
—Aquí vamos— corrige el guardián, mientras se incorpora en su usual lugar a la derecha.
Elena abre la puerta y le sonríe, cálidamente, al hombre que espera bajo el umbral, después se mueve para darle espacio al pasar.
Es un hombre guapo, piensa Elena, todo lo que una mujer podría desear.
—Tengo prisa—dice él, con voz arrogante, mientras camina hacia la cama parándose en el borde para desabotonarse la camisa y dándole la espalda a Elena—. Quítate la ropa.
Elena cierra la puerta, apoyándose en ella, y juguetea con la pequeña pistola que esconde detrás de su espalda… decidiendo. La invisible cortina que cubre las voces espirituales, del demonio y el guardián, se cae silenciosamente a los oídos de Elena.
—No lo hagas— suplica el guardián.
—Es la única manera— interviene el demonio, con voz firme.
—Siempre hay una alternativa— expresa, convencido—. Déjalo marchar…
Ambos caminan a cada lado de los hombros de Elena.
—Si lo dejas escapar no habrá otra oportunidad. En cambio, si haces lo que has planeado desde hace días entonces será tuyo para toda la eternidad.
—Una eternidad en el infierno, eso es lo que te espera si aprietas el gatillo.
Elena camina hacia su amante, que ahora lucha con el pestillo de su bragueta ignorante a la lucha moral que se está llevando a sus espaldas, y levanta la pistola apuntando directamente a la sien del hombre.
—Prefiero una eternidad en el infierno, que una vida sin él— murmura Elena a las voces en su cabeza.
—No lo hagas— previene el guardián, pero su voz se va haciendo mas tenue y su imagen se difumina en el aire.
—Má-ta-lo— articula, con tono complacido el demonio, mientras una sonrisa de deleite curva la comisura de sus labios y el negro se intensifica en sus ojos, el vacío.
En la habitación de Elena Sosa, a las 5:50 de la mañana se escucha un disparo que rompe el silencio matutino. Segundos después un segundo disparo despierta a los vecinos. En la habitación de Elena dos cuerpos ensangrentados yacen bajo la triunfante mirada de un demonio. Este día ha sido parte de su trabajo como recolector de almas. Por suerte siempre hay humanos condenados al infierno que lo mantienen ocupado.
El demonio cruza la puerta cuando una pareja de policías llega a la escena del crimen y se inclina hacia uno de ellos acunando su propia oreja con las manos, escuchando los pensamientos del policía más joven.
—Definitivamente es un alma fácil de corromper— le comenta al enojado ángel guardián del policía, con su sonrisa más luminosa—. Me encanta este trabajo.
Este martes 3 de agosto Elena Sosa no está sola en su habitación. Junto al único ventanal, con vista al tedioso amanecer de la ciudad, un ser luminoso de impecable traje blanco observa pensativo a la mujer que peina la espesa cabellera oscura frente al espejo de tocador. Ella es indudablemente bella, y lo sabe. Del otro lado, balanceando sus piernas sobre la cama recién arreglada, un individuo con pantalón beige y playera azul tararea Love Gun.
— Ya te dije que desaparecieras—indica el luminoso, con un toque de fastidio en su voz, mirando a su rival por el rabillo del ojo sin girar su rostro.
El demonio le dedica su más reluciente sonrisa de perfectos dientes blancos, en respuesta a su reclamo.
—Y yo te he dicho, mil veces, que eso no es posible— responde, con voz alegre y juguetona—. Tengo que terminar mi trabajo aquí.
Ambos miran a Elena con obstinada determinación
—Ella nunca lo haría, acepta que has perdido esta alma— sentencia, fijando sus ojos en el demonio con expresión vehemente—. He estado acompañándola desde que vio la primera luz en este mundo… Elena es sensata, no hay vileza en su corazón.
Elena se levanta de la silla y camina, cantando en voz baja Love Gun, hacia su ropero para elegir su atuendo: hoy se decide por el sencillo vestido azul de tirantes delgados y se calza un par de sandalias blancas, luego toma entre sus manos un fardo de pañuelo rojo que estaba oculto en el fondo de su cajonera.
—Los humanos adquieren la maldad con el paso de los años— explica el demonio, moviendo sus dedos, suavemente, al compás de la canción que canta Elena— siempre habrá un cúmulo de sentimientos turbios germinando en sus corazones— se encoge de hombros y señala con la cabeza a Elena—. Solo es cuestión de esperar un mal momento, un mal lugar o…
—Una mala palabra susurrada en su oído— interrumpe, con sarcasmo, cruzando sus brazos sobre el pecho.
—Así es— acepta, con seriedad—. Pero al final la decisión de escucharnos, o ignorarnos, siempre depende de ellos.
— ¿Libre albedrío? Ese es un término que no te corresponde utilizar— inquiere el guardián, en una burla seca.
Mientras ambos se miran con actitud retadora, Elena desenvuelve el pañuelo rojo dejando descubierta una pequeña pistola de bolsillo. Tres golpes en la puerta la sobresaltan pero enseguida se repone para responder a la llamada.
—Aquí voy— manifiesta el demonio con voz entusiasta, saltando desde el borde de la cama hasta el costado izquierdo de Elena para caminar al mismo tiempo que ella.
—Aquí vamos— corrige el guardián, mientras se incorpora en su usual lugar a la derecha.
Elena abre la puerta y le sonríe, cálidamente, al hombre que espera bajo el umbral, después se mueve para darle espacio al pasar.
Es un hombre guapo, piensa Elena, todo lo que una mujer podría desear.
—Tengo prisa—dice él, con voz arrogante, mientras camina hacia la cama parándose en el borde para desabotonarse la camisa y dándole la espalda a Elena—. Quítate la ropa.
Elena cierra la puerta, apoyándose en ella, y juguetea con la pequeña pistola que esconde detrás de su espalda… decidiendo. La invisible cortina que cubre las voces espirituales, del demonio y el guardián, se cae silenciosamente a los oídos de Elena.
—No lo hagas— suplica el guardián.
—Es la única manera— interviene el demonio, con voz firme.
—Siempre hay una alternativa— expresa, convencido—. Déjalo marchar…
Ambos caminan a cada lado de los hombros de Elena.
—Si lo dejas escapar no habrá otra oportunidad. En cambio, si haces lo que has planeado desde hace días entonces será tuyo para toda la eternidad.
—Una eternidad en el infierno, eso es lo que te espera si aprietas el gatillo.
Elena camina hacia su amante, que ahora lucha con el pestillo de su bragueta ignorante a la lucha moral que se está llevando a sus espaldas, y levanta la pistola apuntando directamente a la sien del hombre.
—Prefiero una eternidad en el infierno, que una vida sin él— murmura Elena a las voces en su cabeza.
—No lo hagas— previene el guardián, pero su voz se va haciendo mas tenue y su imagen se difumina en el aire.
—Má-ta-lo— articula, con tono complacido el demonio, mientras una sonrisa de deleite curva la comisura de sus labios y el negro se intensifica en sus ojos, el vacío.
En la habitación de Elena Sosa, a las 5:50 de la mañana se escucha un disparo que rompe el silencio matutino. Segundos después un segundo disparo despierta a los vecinos. En la habitación de Elena dos cuerpos ensangrentados yacen bajo la triunfante mirada de un demonio. Este día ha sido parte de su trabajo como recolector de almas. Por suerte siempre hay humanos condenados al infierno que lo mantienen ocupado.
El demonio cruza la puerta cuando una pareja de policías llega a la escena del crimen y se inclina hacia uno de ellos acunando su propia oreja con las manos, escuchando los pensamientos del policía más joven.
—Definitivamente es un alma fácil de corromper— le comenta al enojado ángel guardián del policía, con su sonrisa más luminosa—. Me encanta este trabajo.
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