viernes, 16 de noviembre de 2012

Desequilibrio I


Con los ojos cerrados y los brazos extendidos Javier camina a pasos ligeros sobre una cuerda floja que pende encima del vacío, sabiendo que en cualquier momento caerá de nuevo, no deja de intentar llegar al otro lado: el Mundo Real. Una y otra vez, no importa de cuántas maneras intente mantener el equilibrio, el resultado final será adentrarse en lo profundo de un mundo que no es el suyo, una realidad alterna a su vida común, un infierno con paisajes de colores y monstruos quiméricos, donde todo lo que le espera es la soledad y el silencio.

A los 19 años el médico le diagnosticó una distorsión del pensamiento: esquizofrenia.

Se desvanecía en su habitación después de un largo periodo creativo, le fascinaba pintar, por lo que al principio lo atribuyó al exceso de trabajo al que sometía su cerebro con cada cuadro que creaba, pero entonces la visita a ese infierno personal se volvió cada vez más frecuente. Perdió el control absoluto de sus propias emociones que lo ahogaban como una enorme serpiente abrazándose a su cuerpo para engullirlo hacia la oscuridad. La desesperación y la incertidumbre se habían apoderado de su vida.

Por un tiempo descubrió que las drogas (cocaína, éxtasis, lo que tuviera al alcance, lo más fuerte) lograban mantenerlo en la realidad. Pero al paso de los días su cuerpo se acostumbró a ellas y no tardó en caer de nuevo. Entraba y salía de ese mundo como si nada. Salía sí, pero con mayor tristeza en el alma. No supo en qué momento se acostumbró a ese infierno de su invención. En los momentos de lucidez pintaba lienzos sobre lo que veía en su desrealización. Paisajes hermosos y seres macabros que se deslizaban entre el papel como si tuviesen vida propia, Javier les daba un nombre y una existencia al plasmarlos, los fue trayendo a la vida real y sin darse cuenta confundió ambos mundos. La cuerda que los dividía se había destruido con cada trazo de la mano de su creador. Pronto no supo diferenciarlos. Las paredes de su habitación eran una réplica exacta de lo que veía en su infierno. Tomó la costumbre de lastimar su cuerpo para probar en dónde se encontraba; y curaba sus heridas, por si llegase a equivocarse, con la misma indiferencia que si se limpiara la piel con un pañuelo de seda. Cualquier sentimiento fue desechado de su cuerpo, ya no le servían. Ni las drogas, ni las mujeres, ni la vida podían mantenerlo atado. Ya nada era transcendental.

Suspendido entre la realidad y la fantasía, sin saber cuál era uno y cuál el otro, Javier se rindió a su soledad. Se abandonó…

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