"No vuelvas a decir eso. ¡Nunca!"
Mario se ha quedado perplejo, las lagrimas se detienen en sus ojitos de pescado y su boca forma una enorme "O", de donde no salen las palabras.
Después mamá le ha cargado en brazos, le besa la frente y lo lleva a la cocina donde le sirve una enorme rebanada de pastel. Mi pastel de cumpleaños. Yo camino detrás de ellos, silenciosa. A mi no me ha dado nada.
Apenas hace unos días estábamos felices por mi fiesta, mamá hablaba animadamente sobre los arreglos y yo decidía el color del pastel. Entonces el estúpido de Mario apareció en la cocina con el dedo chorreando sangre, levantando la mano para que mamá y yo pudieramos verlo bien. Odio la sangre. Mamá me obligó a subir por el botiquín, pero el tonto de Mario dejó uno de sus carritos al borde de la escalera y resbalé desde el segundo piso. Por eso tardé en llevarle el botiquín. Por eso creo que está ella enojada conmigo.

Es así desde hace una semana. Me trata como si no existiera, como si no tuviera otra hija además del estúpido Mario. Y esto a él le ha encantado porque de pronto le cumple todos sus caprichos. Y yo lo odio. Lo odio mucho.
Mario me sonríe por encima de la mesa, me he quedado parada al lado de una silla, dejando ver los huecos que dejaron sus dientes recién mudados. Me da tanto asco.
Si pudiera hacerlo desaparecer...
Mamá toma la silla junto a mi, no pide que me aparte, y se sienta a observar como Mario devora el postre.
"Mamá, ¿me sirves un poco?"
Mario me mira, mira a mamá. No hay respuesta. Me retiro rápidamente. Quiero llorar, pero no lo haré porque soy una niña fuerte. Salgo de la casa y cruzo el patio para llegar hasta esa horrible caja de madera donde mamá me obligan a dormir desde hace una semana, adentro está oscuro. Le tengo miedo a la oscuridad. Por eso haré que Mario venga conmigo, así mamá tendrá que amarnos a los dos.

